Arte asiático


Hace muchos años, cuando era joven y mona, como diría eg0manía, mi profesor de Historia del Arte nos contaba que los artistas no eran creadores, sino recreadores, que nada nuevo salía de sus manos, sino que tomaban elementos prestados de aquí y de allá, les daban tres o treinta y tres giros, y a partir de ahí generaban una narración que pasaría a la Historia, o un pedazo de bazofia con la que ejercer de embaucadores con mayor o menor fortuna.

En estos días, en el Museo de Arte Asiático de San Francisco se ha celebrado una exposición titulada Drama and Desire: Japanese Paintings from the Floating World, literalmente Drama y Deseo: Pinturas Japonesas del Mundo Flotante. En ella una amplia variedad de dibujos, litografías, pequeñas esculturas y tapices de sedas, nos ofrecen un retrato de cierto aspecto de la vida social japonesa de siglos pasados y no tan pasados, cuando existía la figura social de las geishas, las cortesanas y los hombres jóvenes que se dedicaron a la muy noble función social de dar satisfacciones alternativas o complementarias a casados, solteros o lo que se terciase. Sus hábitos, sus vestimentas y sus áreas de recreo se convirtieron en estampas habituales de las grandes urbes niponas. Todo esto, naturalmente, antes de que ciertas religiones, vinculadas a castrantes conductas más inmorales que morales, sentenciasen que la abstinencia, el oscurantismo y la censura de la lógica de los deseos eran mucho más naturales, y por tanto imperativos, que la propia naturaleza.

La muestra queda como muestra, valga la redundancia, de unos modos del pasado, hasta cierto punto, porque aunque hay costumbres que acaban siendo sepultadas, los cimientos de cualquier sociedad siguen aflorando de un modo u otro en las generaciones posteriores. La sensualidad de aquellas historias mostradas en la exposición tienen su reflejo hoy también, y el uso de la seda y técnicas delicadas para representar aquella sociedad flotante, no son más que ansiosos modos eco de la suavidad extrema y la textura de la sensualidad asiática. Y es ahí donde la recreación entra en juego.

El arte es pues un retrato por supuesto subjetivo de la realidad, subjetivo de todo aquel que lo recrea, que recrea en función de la sociedad civil en que vive, de la tradición social que viene de lo que ha aprendido de sus padres, sus abuelos, sus maestros y la influencia a menudo inconsciente de lo que oye, de lo que ve sin mirar, del modo en que es tocado, agradecido o violentado en cualquier variante.

Con ejemplos así, vemos que el sexo es natural hasta que interpretaciones bastardas comienzan a meternos en la cabeza que es algo sucio, es cerdo, es incluso innecesario, que es malo, que destruye el amor, que pervierte a las personas… acojonante. Cuando resulta justamente lo contrario, y lo sucio, lo pervertido, lo enfermizo, lo destructivo, es el ansia de combatir antiguas fidelidades, con nuevas frías creencias que obligan a renunciar a la libre relación, al papel fundamental femenino en las fundamentos anteriores al “Imperio” judeocristiano y al amor diáfano entre dos hombres o dos mujeres.

Sea como sea, como digo, siempre algo queda. Quien se ha levantado de la cama, tras haberse fundido hasta desear lo interminable. con un/a japonés/a, o filipino/a, un tailandés/a, dejará para escribir en su diario, a quien lleve uno, o a su íntima memoria sensorial en cualquier caso, la extraordinaria suavidad de la piel dorada que inspiraron sus sedas, y el exquisito disfrute sensual mostrado a flor de piel en cada uno de sus besos, en cada caricia húmeda sobre tu miembro, en cada mueca, en cada delicado pliegue entre su nariz y su boca, al ser lamidos, al ser penetrados, al servir de oyentes de brevísimos y entrecortados poemas obscenos al oído. Es fácil entender entonces que de su sensualidad quisieran generar un homenaje artístico, aunque para arte, aunque más efímero, el suyo propio ya bastaría.

Comentar

3 commentarios